Islas de silencio, paraísos de estabilidad
No soy Funes el Memorioso y conozco el arte del olvido, pero recuerdo con absoluta nitidez una mañana de primavera en la que, mientras disfrutaba de una sencilla introspección en la Fontana de Médicis de París, escuché un suave y extraño murmullo. Abrí los ojos, giré ligeramente la cabeza y pude observar cómo una diminuta línea recta de color azul iridiscente volaba vertiginosamente hacia mí. Cuando llegó a mi altura, me di cuenta de que aquella aerografía azulada era una bella libélula adornada con cuatro alas de cristal cuyo movimiento cortaba el aire y rompía el silencio. Un instante después, la libélula se detuvo y, desafiando a la fuerza de la gravedad, quedó suspendida en la nada justo enfrente de mí. Nuestras miradas se cruzaron durante unos momentos, hasta que con un ágil aleteo la leve libélula prosiguió su camino, mientras mi mente comenzaba a pensar en su dinamismo y en su fragilidad.
Este sutil e inesperado encuentro encendió la magia de la creatividad y fue el germen de La levedad de las libélulas, un libro de 69.757 palabras cuya escritura me ayudó a entender que la salud es el silencio del cuerpo. Tres años después, el filósofo molecular Faustino López, un polímata cercano, ha hecho verdad un verso esencial y ha sido capaz de «convertir la palabra en la materia». Con apenas 11 cuadros y 23 esculturas Faustino ha reescrito las 254 páginas de mi libro y les ha regalado color, armonía, belleza y sobre todo dinamismo. Sus cuadros me transmiten una profunda ingenuidad vital y muestran la delicadeza y fortaleza del vuelo libelular; son suaves en sus rasgos, pero rotundos en sus geometrías y portan títulos que acarician el alma. Con ellos flotamos en la incertidumbre, asistimos a un desfile de seres felices, percibimos una luz sin eclipses, levitamos como astros sin órbita definida, asumimos que la alegría se organiza y difunde por el aire, y entendemos mejor a José Saramago cuando dijo que el caos es un orden esperando a ser descifrado. En los cuadros de Faustino se aprecia la influencia de su admirado Joan Miró, una de cuyas obras, El vuelo de la libélula frente al sol, es una emocionante oda a la fragilidad en la que con unos pocos trazos relata con conmovedora claridad la levedad de la vida envuelta en poesía. Faustino recoge y amplifica el lenguaje onírico mironiano y construye pequeños universos poblados de círculos intensamente coloreados y rayas con distintas arquitecturas que conectan sus constelaciones y le ayudan a concretar y sostener su cósmica y ejemplar ingenuidad.
Estos 11 lienzos de Faustino son el «preludio del aire» pues abren el camino a sus preciosas esculturas cinéticas. Contemplarlas en silencio es como tomar una infusión de factores de Yamanaka y viajar atrás en el tiempo hasta confundir la realidad con la fantasía y visualizar en directo el preciso momento en el que el gran Leonardo da Vinci dibujó en Milán su magistral Hombre de Vitruvio. Su primera versión de esta obra era armónica y elegante, pero resultaba demasiado estática, carecía de ese movimiento consustancial a la vida, esa pulsión que distingue lo animado de lo inerte y que apenas unas horas antes él mismo había constatado en el foso del castillo Sforzesco mientras observaba fascinado el vuelo de las libélulas. Curiosamente, siempre he imaginado que fue el recuerdo de estas criaturas aladas lo que iluminó la prodigiosa mente de Leonardo aquella noche milanesa y le impulsó a duplicar las extremidades de su hombre de Vitruvio mientras mantenía un solo rostro y un único torso. De pronto, como si su figura hubiera recibido una inyección de élan vital, los cuatro brazos parecían desplazarse arriba y abajo como si fueran las cuatro alas de las libélulas, mientras que las piernas se abrían y se movían hacia atrás y hacia fuera. El excepcional artista toscano había creado una dinámica imagen humana llena de vida y presta a liberarse de las ataduras impuestas por el círculo y el cuadrado que la enmarcaban, e iniciar el siempre azaroso vuelo en busca de su lugar en el mundo. Dinamismo, vitalidad y libertad, estas son las tres palabras que conforman una evocadora hendiatris y aglutinan las sensaciones que me genera la contemplación de las esculturas del leonés Faustino de Avilés.
La pequeña figura humana dibujada por el gran Leonardo da Vinci representa en mi mente el más bello icono de la salud, por eso no es extraño que cuando observo las esculturas móviles de Faustino me invada una sensación de calma, serenidad y bienestar emocional. Estas emociones nos ayudan a construir y mantener nuestras personales islas de estabilidad vital que son un valioso regalo en un tiempo pleno de un denso ruido social que nos impulsa a refugiarnos en paraísos de silencio capaces de convertir la soledad en una forma extrema de intimidad. Las esculturas del filósofo Faustino siguen la estela del ingeniero Alexander Calder para quien sus móviles eran «poemas que bailan con la alegría de la vida». Las obras de Faustino son también bellos ejemplos de poesía visual e interpretan de manera emocionante la biología de las libélulas. Vuelan en cualquier dirección, se sostienen en el aire sin aparente esfuerzo, se nutren del viento y con sus elegantes e incesantes acrobacias llegan a convertirse en auténticos seres «sutiles, ingrávidos y gentiles».
Faustino, gracias por tu interminable y dinámica creatividad; al compartirla con nosotros amplías nuestras perspectivas visuales y emocionales, mejoras nuestra homeostasis somática y mental, y nos regalas salud y vitalidad, dones tan efímeros y evanescentes como el futuro de una leve libélula en vuelo al sol. Gracias también por recordarnos la necesidad de adoptar una mirada elevada frente al ruido, las urgencias y las insuficiencias de la vida cotidiana y enseñarnos que en el arte podemos encontrar islas de balsámico silencio y paraísos de dinámica estabilidad. La cálida luz que emana de tus cuadros y la maravillosa capacidad de tus esculturas para trascender la gravedad y comenzar a volar renuevan mi idea de que todavía hay esperanza en el horizonte para los cada vez más frecuentes «náufragos en la luna» y nos animan a continuar la aventura de pensar, soñar, crear y educar. Con este liviano bagaje tal vez seamos capaces de convertir en realidad el deseo que expresaban las últimas palabras de La levedad de las libélulas: hay que estrenar cada día con la confianza de que, pese a nuestra insoslayable esencia de criaturas imperfectas, frágiles y vulnerables, podemos llegar a ser artistas de nuestra propia vida y hasta pintar la leve estela que deja una frágil libélula cuando vuela.
Carlos López-Otín




